13 de agosto, al día siguiente del eclipse.
"Tú ama, ama al mundo, que yo lo odiaré por las dos"
Fuego, se desprende de mi garganta con cada grito.
Cada aullido de dolor es una navaja que se clava en su carne para vengarla a ella.
Cuánto tiempo de la vida te entendí mal, o creí entenderte, si ni yo misma me entendía.
Qué se puede esperar entender de la vida sin memoria. Tal vez por eso la demencia, para no sufrir tanto. Tal vez por eso la infancia temprana que no recuerda. Para qué recordar tanta injuria, tanta sevicia, tanto desdén.
Te fallaron, ellos, ellas, todos. Nos fallaron. Quienes debían protegernos nos hirieron y luego no nos creyeron.
Cuántas veces te miré a tus ojos entre lágrimas y te llamé dramática, si yo no sabía lo que era el dolor.
Con qué derecho, te llamé y te puse nombres y me puse en otro lugar, en un pedestal. Llevé su foto a tu matrimonio como un trofeo de madurez emocional. Le di dinero cada mes por los ultimos 3 años para demostrarme que el perdón es superior.
Aún ahora, debería darme vergüenza querer escribir esto con sentido y darle orden, para que sea bonito. Mas qué hay de belleza en este caos de vida que te tocó. Escribirnos con forma sería deformarnos, mentirnos. Tratar de arreglarnos sería fingir que estamos bien. Estamos bien, pero nunca vamos a estar siempre bien.
Los lugares son testigos de nuestro grito no escuchado. Porque sí gritamos, sí dijimos, sí hablamos, pero no nos escucharon. Aún peor, nos escucharon pero no nos creyeron.
La ventana, la reja a la que miraba. El potrero de en frente, los carros, la vida pasando mientras yo la veía pasar a ella, pensando que esta era mi vida y que esto era normal. Mirar de lejos sin moverme, sin pertenecer afuera, encerrada en su castillo de vejámenes caprichos.
Por qué, por qué, por qué, por qué, por qué, por qué, por qué? Por qué a tí, por qué a mí? Por qué ellos?
El día que fuimos a despedirnos de la casa y me di cuenta de lo pequeños que eran los espacios, fue como sentir que yo era más grande que ella. Yo era más grande que mi encierro.
Mi sueño del 5 de agosto: Goyo y sus cosas estaban en la casa y tú le habías sobrevivido. Yo me apartaba de mis amigas antes de volver al colegio para irme a escondidas a la casa, a llorar su muerte porque no la había llorado. Al llegar a la casa ya no podía entrar porque las únicas llaves que tenía eran las de mi casa actual.
Y sus cosas? Seguirían allí?
Me doy la vuelta y alguien cantando una serenata que creo haberte escrito yo hace rato, me recuerda que ahí en el potrero que veía desde la ventana, está tu nombre escrito que me recuerda que tú moriste antes que él.
Ya te entiendo Tita. No lo lloré porque no hay nada que llorar. Él está en esa casa que ya no es nuestra casa, ni tu casa ni la mía. Tú te quedaste afuera y yo también. Tú estás en las flores, los arboles y las canciones, y yo miro sentada a lo lejos. Parezco no tener casa pero voy conmigo.
Ahora voy con ella. Y ella va conmigo.
Soy su testiga y ella es la mía. Somos el lugar de la otra. La memoria. El grito. La furia.
A la casa, la llevo tatuada en el brazo más cercano al corazón, para recordarme que a veces se ama a quien no se debe amar.
Y que, NUNCA MÁS.
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