Me miro las manos como admirandolas.
Hace unos días me pinté las uñas de negro, crema claro y brillantitos.
Las pinté pensando en el año nuevo, en que quería que combinaran con mi pinta, que seguramente por el frío sería algo negro también.
Un par de días después el esmalte ya se había descascado de algunas uñas. Hago muchas cosas con ellas, o sin protegerlas lo suficiente. Abro cosas, lavo sin guantes, limpio, rompo, mojo, como, agarro. Con mis dedos y mis uñas.
Ayer volví a pintar aquellas que parecían ya dadas por perdidas. Las pinté en un momento de hablar con amigos en medio de un mirador. No es lo más usual pero me otorgó mucha satisfacción. Sin darme cuenta me observaba una y otra vez, admirando con orgullo la belleza de mi pequeño proyecto de auto concepción.
Entre ayer y hoy me pude dar cuenta que este acto de cuidado es auto concepción porque dibuja una yo distinta de la que alguna vez fui.
Mis manos, hace muchos años, eran motivo de vergüenza y pena. Me avergonzaba porque me comía las uñas, literal me las comía. Las cortaba con mis dientes que a medida que las cortaban a ellas se afilaban ellos. Las mordisqueaba para a veces botarlas, pero a veces las masticaba en pedacitos minimos que rumeaban en mi boca por minutos y minutos. Lo hice tanto que mi mandíbula empezó a ceder, también; porque recortar las uñas cons los dientes requería de una mueca que desencajaba la madíbula inferior de la superior para poder crear una sierra con movilidad lateral. Arriba, abajo, izquierda, derecha, siguiente mordisco, a veces solo un jalón que termina por romper la uña desde su capa superficial.
No eran solo uñas. Cueros también. Piel.
La saliva se encargaba de ablandar la queratina y el colágeno, pero también de engomar la piel y dejarla hecha un huje que ya después de tanto sanar y crecer y volver a crecer deja de doler y empieza a estorbar en los bordes y las cutículas como un cuadro torcido sobre una pared, un marco mal puesto que enmarca los nervios de no saber qué viene después.
Sangre, mugre, cueros, piel, uñas, una y otra vez, como una manía, como una maña, como una sentencia o un mantra, como una condena, como un alivio, como una culpa, como una satisfacción. Automutilación pasiva por excelencia. En nuestra incapacidad por controlarlo todo, al menos podemos controlar qué tanto daño nos hacemos. Si halar de ese cuero y aguantar el dolor y tal vez la infección, o no.
Si intentar un esmalte más o cambiar este vicio por otro. Si hacerlo por vanidad o por cuidado.
Y cuál es el límite?
Cuál es el límite de este placer culposo e inconforme. Cuántas veces habremos de parar y reprocharnos una última vez, que ojalá sea la última esta vez, en serio.
Hace 15 años dejé de comerme las uñas y empecé a fumar cigarrillo. Hace 4 años dejé de fumar cigarrillo.
La satisfacción oral no sé con qué la he reemplazado hasta ahora. Tal vez simplemente se guarda en el nudo de músculo estancado en mi mandíbula. Tal vez realmente ya no está.
Me miro y me miro las uñas y recuerdo, que aquél lunar en el dedo índice de la mano izquierda fue la señal de auxilio que me pidió, con su forma inicialmente de corazón, que dejara de hacerme daño, porque cómo excusar que después de un arranque de ira me halé un cuerito tan fuerte, que se abrió una herida hasta la base de mi uña. Cómo excusar seguir callando en vez de gritar todo lo que tenía que gritar.
Mis uñas, las de hoy, son la memoria viva de que cambié y sigo cambiando. La que fui conservó y perdió una y otra vez, uñas, ideas, miedos, nervios, ansias, ganas, formas y palabras.
Soy todas, feas antes, lindas ahora, pintadas, con o sin su máscara, ya sin vestigios aparentes de la guerra interna que en ellas exterioricé.
Gracias por haber revivido y renacido, sin importar cuántas veces las maté.
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