El agua cae sobre mi pecho y caliente, enrojece la piel que roza pero no penetra.
Recuerdo la debilidad en mis piernas, una de ellas que tiembla.
Hace 4 meses conocí a Fran.
La vida se sentía potente, brillante. El verano a penas empezaba a irse y mi alma vibraba con el mundo. Era feliz. Escuchaba a Silvia Perez Cruz en vivo, y pensaba que pronto le conocería a él también. Al día siguiente y por el siguiente mes, todo parecería perfecto, idílico. Lo era. No era mentira pero tampoco era verdad.
La realidad la interpretaba con el lente rosadito de un sueño en el que el tiempo pasa lento y rápido a la vez.
Viajé, conocí, amé, caminé y caminé y la vida se sintió como otra por un instante largo que penduló la posibilidad de algo que por fin estaba lista para vivir.
Me sentía fuerte, eléctrica, amarilla. Mi cuerpo se movía con propiedad por el mundo; mis pasos eran certeros y leves en su andar. Mi forma era una sola línea estable en sus curvas. Un mar calmo que brillaba caliente con el reflejo del sol, como si nunca hubiera mecido su agua hasta la playa, como si no supiera olear sus ondas en su propia masa y fuese la tierra del fondo que en su flotar suspendido le llevase a derretir uno más de sus cabellos entre la arena al llegar.
Parecía que no había hecho nada para estar allí, sin embargo, ahí estaba y lo disfrutaba. El aire se me iba a suspiros de lo enamorada que estaba de existir.
El tiempo me trajo poco a poco más realidad y lentamente el lente en mi retina se oscurecía al despertarme de mi sueño.
Mi cuerpo se fue encogiendo o sobrecogiendo; agarrandose encorvado en la tristeza de ver a quienes amaba imperfectos, a veces detestables. Me fui agotando al callar, al convencerme que estaba bien sin decir nada. Me fui apagando poco a poco hasta dormirme en vida. Mi alma era una vela con la llama pequeñita y mi cuerpo parafina entretorcida que como podía se agarraba chueca a su forma.
Dejé de moverme.
Viajé, conocí, ame, caminé y caminé y la vida se sintió como otra por un instante largo que penduló la posibilidad de algo que no había pronosticado vivir en este momento de la vida.
"No se suponía" le dije una y otra vez a Fran. No se suponía que acabáramos así. No se suponía que sentiría esto ahora. No se suponía que me sentiría así hoy.
Quería volver a soñar como antes.
Después de dos meses de no exigirle a mi cuerpo movimiento fuera de lo que mi alma sintiera, entendí que nunca lo había hecho antes tampoco y que si lo había logrado antes, era porque en realidad mi alma se sentía lo suficientemente fuerte para sostener movimiento continuo que mi cuerpo disfrutaba, mas en realidad siempre había sido mi alma guiando a mi masa.
Hoy que ya he vuelto a moverme por gusto, de a pocos reparo las grietas que dejaron el dolor y la decepción en mi existencia. De a pocos entiendo de qué tratan la ilusión y la decepción. Luego me doy cuenta que para poder soñar hay que estar dormida.
Una imagen recurrente aparece en mi cabeza como un sueño más: voy agarrada con una flecha y un arco sobre el lomo de un caballo de tez oscura que galopa con toda su fuerza en medio de un valle, a punto de perderse por el bosque en el que vamos a enfrentar a nuestro supuesto enemigo y Silivia Pérez Cruz canta "Soñar mientras duermo que vuelo lejos, lejos de mi".
Imaginar con tanta ilusión que la perfección es no tener decepciones, es alejarme de mi, de la yo que vive este presente.
Entender que tanto yo, como quienes amo no son una sola forma adaptada para mi felicidad es una decepción necesaria porque me libera a mi también, de la dependencia, de a esta adicción dormida que disfrazada de libertad en realidad es una cárcel moral donde no hay espacio para la tristeza, el odio, los errores o el mal.
Tuve que entender a garrotazos que el dolor paraliza para devolvernos al presente, para olbigarnos a mirarnos al espejo mientras vemos ese grito que transforma nuestra cara en un monstruo casi irreconocible. Sin embargo no hay duda: ese reflejo somos nosotros, es nuestra forma transformada, transitada, temporal pero siempre atada a nuestra espalda que aunque no logremos ver de frente, volverá cualquier día a doler y entonces, nos recordará que nunca se fue, siempre estuvo allí guardada, dormida, al acecho por su propio momento de luz.
Aceptar y recordar con ternura a esa bestia escondida es un hábito adquirido, un ritual, una medicina amarga que aunque amarga, cura.
Mirarme al espejo y darme permiso para la quietud sin fecha límite, paradojicamente me devolvió mi verdadera libertad; la completa y real, con luz y sombra. Ni un deseo ni una nostalgia, simplemente la posibilidad digna de ser, en todas mis formas. De admirarme, aún en mi fealdad, mi brutalidad, mi oscuridad, mi dejadez... admirarme entera en mi dejadez. Entender que el arte no es sino la posibilidad de ver desde la belleza todo aquello que de otra forma u orden sería fealdad.
Mi cuerpo sostuvo dos metáforas distintas en cuanto mi alma sentía dos vidas que parecen haber sido completamente separadas, pero en realidad fueron sólo un vaivén de un mismo movimiento en este pendular que es la existencia.
Cuando me sentí feliz, arracé como lava mis pasos al caminar; cuando fui triste, me quedé inmóvil observando el tiempo pasar sin mi en él, como un río pequeño que se acerca a un campo plano y casi que se estanca.
A veces los humanos somos esto, un estanque y a veces, una ola de cascada. En el fondo, nunca estamos quietos, pero hay que seguir recorriendo el camino para ver cuándo se llega al mar.
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