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Cami, ternura.

La gente me conoce y en algún momento empieza a decir que soy muy tierna. Siempre me sorprendo porque yo no me siento así. No me levanto todos los días y pienso en lo tierna que soy, lo suave, lo dulce. No me veo al espejo y pienso, qué tierna. No. 

Cuando yo me miro a un espejo veo belleza, veo fuerza, intensidad, a veces cansancio, a veces tristeza, a veces fealdad. Veo muchas cosas, pero nunca ternura.

Estos días que vengo recordando cosas de mi infancia pienso en quién era de pequeña, qué sentía, qué pensaba, cómo veía el mundo. Lo que recuerdo me produce mucha ternura, de mí, de esa niña que pensaba con pureza que todas las personas eran buenas, que todo lo que había para ella era amor.

Quién eras Cami? Qué hicieron de ti, contigo?

La recuerdo y quisiera sentirme como ella. Aparentemente ya lo soy, en apariencias solo, en lo que las personas ven de mi. 

Esto empezaba con ira, pero la ira es una emoción secundaria a la tristeza. Así que ahora que la veo más a fondo, veo tristeza. De no poder ser ella, de sentir que no puedo ser más esa niña que fui, tierna, amorosa, aventurera. 

Mi mundo era pequeño y feliz, y tal vez porque era tan pequeño no tenía miedo a descubrirlo. El mundo, ahora, sé que es grande, grande y cruel. Ahora sé que mi ternura producía en otras personas unas ganas de romperla irrevocables. Que sin importar cuán pequeño era mi mundo, inclusive en ese mundo habría peligros y gente que quisiera arrebatarme las ganas de amar como quería amar. 

Entendí entonces que mi mundo debía limitarse a mi. De la punta de los dedos de los pies a la ultima punta del cabello más largo en mi cabeza. Me encerré allí, en mi propia torre. Permití visitas muchas veces pero nadie nunca se quedó, y tampoco intentaron rescatarme. 

Me encerré y me permití salir cuando fui recobrando las fuerzas. Fui creciendo y de repente pude ver más allá de mis propias murallas, y darme cuenta que el mundo fuera de mi misma era enorme y emocionante. Me permití salir de vez en cuando, inclusive cambiar mi torre de lugar, abrirle ventanas para ver paisajes distintos de cada punto de vista. Pero siempre, volver. 

Con el tiempo fui juzgándome a mi misma, porque no entendía por qué otras personas no vivían encerradas en sus torres, o cómo era posible que vivieran con otras personas allí. Por qué no puedo yo ser como ellas? 

Me miro y me miro, y de repente, entiendo. Que no es que sea nada, lo que me pasó, lo que me quitaron, y el porqué cambié. No fue poco, no fue fácil, no fue una vez, no fue corto, no fue una sola persona, no fue tonto. 

Las cosas que me han pasado en la vida forjaron una máscara de hierro y cemento que yo me puse de piel, y por eso cuando yo me toco a mi misma me siento áspera, rígida, seca. Lo bueno, al parecer, es que a pesar de ser tantas las cosas que me cambiaron, tan dura mi coraza y tan alta mi torre, mi ternura es tan pura y tanta, y mis ganas de amar son tan fuertes, que entre mis grietas y mis ventanas mi luz ha brillado con tal potencia, que por más que intente esconderla, es lo primero que la gente ve de mi. 

En cada acto, en cada lugar, en cada cosa, nunca has dejado de ser la niña que querías ser. Ella nunca te abandonó, así como tú no la abandonaste a ella. 

La dejas salir a la luz cuando más tranquila te sientes. La escondes detrás de ti cuando sientes que tienes que protegerla. 

Deja que te guíe, ahora que tu mundo puede crecer y expandirse. Déjala hacer nuevos amigos, conocer nuevas personas, déjala amar y confiar y mostrarse tal y como es, en su ternura pura y viva. Deja que se encargue de amar por ti, para que ames con todas tus fuerzas, sin miedo a nada. Déjala crecer contigo y descubrir contigo, que hay mil formas de hacer mundo, y mil mundos para ser. 

Vuelve Cami, vuelve a tu ternura.

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